PEDRO BONETT LOCARNO y la batalla legal por Bavaria S.A.

La historia, poco conocida, de cómo Pedro Bonett Locarno un abogado samario, estratega brillante y amigo íntimo de Julio Mario Santo Domingo, logró materializar, por primera vez, el control que le correspondía por derecho a sus legítimos dueños, enfrentando poderes políticos y estructuras societarias deformadas que nadie había logrado superar.

Por Bonett Locarno Pumarejo Abogados

11/30/202513 min read

Pedro Bonett Locarno, Agusto Lopez Valencia (Presidente de Bavaria) y Gabriel Jaime Arango
Pedro Bonett Locarno, Agusto Lopez Valencia (Presidente de Bavaria) y Gabriel Jaime Arango

Foto: Pedro Bonett Locarno, Agusto Lopez Valencia (Presidente de Bavaria) y Gabriel Jaime Arango (1992)

La historia empresarial colombiana registra episodios de enorme trascendencia, pero pocos han sido tan determinantes y, a la vez, tan poco documentados como la toma legítima del control de Bavaria S.A. por parte de la familia Santo Domingo a finales de los años sesenta. Bavaria no era solo una compañía poderosa: durante décadas fue la empresa más grande del país, y su control significaba participar en el corazón económico de Colombia. A pesar de ser el mayor accionista privado después de la fusión con Cervecería Águila en 1967, la familia Santo Domingo se encontró en una posición paradójica: no podía ejercer el control que legítimamente le correspondía, debido a prácticas irregulares como los poderes de ventanilla, que distorsionaban la voluntad real del accionariado y permitían que otros grupos manejaran la empresa al margen de la lógica del derecho societario. Fue en este escenario, tenso, complejo y jurídicamente anómalo, donde apareció la figura del abogado Pedro Bonett Locarno, quien diseñó y ejecutó la estrategia jurídica que permitió restablecer la legalidad y darle a los Santo Domingo el control efectivo de Bavaria. Su intervención fue tan decisiva que, como recordaría años después la revista Semana, Bonett se convirtió en “el hombre de las misiones imposibles” para Julio Mario Santo Domingo.

Esta es, en esencia, la historia jurídica de cómo el derecho fue utilizado para corregir una injusticia societaria de la máxima importancia, y de cómo un abogado discreto, brillante y profundamente humano fue la pieza central de un episodio que transformó la estructura empresarial del país.

Aunque el Grupo Santo Domingo tenía una estructura corporativa formal, con presidentes, vicepresidentes y juntas directivas, el funcionamiento real era distinto. En el organigrama visible aparecían los cargos; en el organigrama efectivo (el que de verdad definía el rumbo del conglomerado) Pedro Bonett Locarno ocupaba un lugar superior a todos ellos. Ningún presidente, ni siquiera el de Bavaria, la holding desde la cual se articulaban más de cien empresas del Grupo, tenía la relación de confianza, la cercanía personal o la ascendencia estratégica que Bonett tenía ante Julio Mario Santo Domingo. Su opinión no era una más: era la decisiva. Las decisiones más sensibles pasaban por él, y era su criterio el que podía ayudar a Julio Mario a afianzar o redirigir su propia voluntad. Esto se debía a la confianza absoluta que Julio Mario tenía en su integridad, en su lealtad y en la capacidad que Bonett había demostrado una y otra vez. Por eso, más que un abogado externo o un asesor de alto nivel, Bonett era el verdadero centro intelectual y ético del Grupo, la figura que interpretaba y ejecutaba, como nadie, la visión del empresario más influyente del país.

ORÍGENES

Pedro Bonett Locarno nació en Santa Marta, pero vivió su infancia y adolescencia en Ciénaga, Magdalena, una región marcada por la presencia dominante de la United Fruit Company. Su padre, Pedro Bonett Camargo, trabajaba para la UFCo, y su figura dejó tal impronta en la comunidad que la biblioteca municipal de Ciénaga hoy lleva su nombre. Ese ambiente, mezcla de desigualdad, tensiones laborales y realidad social dura; moldeó la sensibilidad de Bonett desde muy temprano. Más tarde viajaría a Bogotá para estudiar Derecho en la Universidad Libre, donde se formó con excelencia en las áreas que definirían su carrera: derecho laboral, derecho constitucional y casación. Su talento, disciplina y ética profesional lo distinguieron desde los primeros años.

Su paso por el programa de alta gerencia en la Universidad de los Andes (hoy M.B.A.) completó una formación que combinaba comprensión jurídica y visión empresarial, un perfil excepcional para la época en Colombia.

EL ENCUENTRO CON CEPEDA ZAMUDIO Y LOS SANTO DOMINGO

Poco después de graduarse de la universidad, Bonett Locarno, conoció al escritor Álvaro Cepeda Zamudio, una de las figuras centrales del Grupo de Barranquilla, círculo cultural que reunía a Gabriel García Márquez, Alejandro Obregón, Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas y otros intelectuales de enorme influencia. Cepeda y Bonett se hicieron amigos cercanos. Esa amistad fue decisiva. Cepeda era amigo íntimo de Julio Mario Santo Domingo, hijo de don Mario Santo Domingo, un empresario austero, visionario y enormemente respetado en la Costa Caribe. Fue Cepeda Zamudio quien presentó a Bonett ante los Santo Domingo, abriendo la puerta a una relación profesional y personal que duraría más de cuatro décadas. Ese encuentro fue el punto de partida de una historia que uniría a un abogado samario, profundamente ético, inteligente y reservado, con la familia que estaba destinada a construir el conglomerado empresarial más poderoso del país.

LA CRISIS DE CONTROL EN BAVARIA (1967–1968): DERECHO, POLÍTICA Y UNA INJUSTICIA SOCIETARIA

Cuando en 1967 se concretó la fusión entre Cervecería Águila (propiedad de la familia Santo Domingo) y Bavaria S.A., la operación parecía, en términos formales, impecable. Los Santo Domingo no recibieron dinero a cambio de Águila: recibieron acciones de Bavaria, convirtiéndose de inmediato en el mayor accionista privado de la cervecera más grande del país. En cualquier sistema societario moderno, esa posición accionaria debería haberse traducido en una influencia decisiva sobre la junta directiva y en el gobierno corporativo de la empresa. Pero la realidad de la época era otra. Bavaria estaba dominada por grupos de poder que utilizaban prácticas irregulares para controlar la asamblea de accionistas. La más célebre (y la más nociva para la transparencia societaria) eran los llamados poderes de ventanilla: documentos que se recolectaban de manera masiva, muchas veces sin que los accionistas entendieran su alcance, y que permitían a operadores internos votar enormes paquetes accionarios sin ser sus propietarios reales. Esos poderes, sumados a alianzas informales y a dinámicas políticas propias del país de entonces, producían un efecto profundamente injusto: la voluntad del mayor accionista quedaba anulada, y Bavaria era gobernada por quienes sabían manipular mejor el sistema, no por quienes tenían el capital.

La injusticia llegó a tal punto que, como recuerda un artículo de Semana, el propio Presidente de la República, Carlos Lleras Restrepo, anunció públicamente su intención de asistir personalmente a la Asamblea de Bavaria de 1968 para evitar que “los Santo Domingo se apoderaran de la empresa”. Pero esa afirmación, políticamente poderosa, era jurídicamente errónea: los Santo Domingo no estaban intentando apoderarse de nada. Estaban intentando ejercer un derecho del que ya eran titulares. La intervención presidencial revela el clima de la época. La familia Santo Domingo, a pesar de su inmenso patrimonio y de la magnitud de sus acciones, no era la fuerza dominante. Era la parte perjudicada por prácticas que deformaban la esencia del derecho societario colombiano.

En ese escenario tenso, desigual y extraordinariamente complejo, es cuando Pedro Bonett Locarno entra en escena con un encargo claro y monumental: diseñar la estrategia jurídica que permitiera desmontar las prácticas irregulares, depurar la representación accionaria y que otorgara a la familia Santo Domingo el control que les correspondía por derecho. Lo que venía a continuación —entre 1968 y 1971— sería una de las operaciones más inteligentes y sofisticadas que haya vivido el derecho empresarial en Colombia.

LA PARADOJA POLÍTICA DE BONETT:

MARXISTA-LENINISTA Y ESTRATEGA CENTRAL DEL CAPITALISMO COLOMBIANO

La vida de Pedro Bonett Locarno contiene una paradoja que, más que contradicción, es una síntesis de su profundidad intelectual y de su independencia de carácter. Antes de convertirse en el abogado de confianza de la familia Santo Domingo, antes de enfrentarse a los poderes enquistados en Bavaria, y antes de ser llamado, como lo recordaría Semana, “el hombre de las misiones imposibles” de los Santo Domingo, Bonett fue una figura central de la izquierda colombiana. Durante su juventud en Bogotá, inmerso en las tensiones sociales del país y marcado por los recuerdos de su infancia en Ciénaga, donde la United Fruit Company simbolizaba desigualdad, explotación y poder económico extremo, Bonett se vinculó activamente al movimiento comunista. No fue un militante periférico: llegó a ser Secretario General del Partido Comunista Colombiano, con una formación política sólida, lecturas rigurosas y convicciones profundas. Pero así como ascendió en el partido, también fue expulsado. Dos razones guiaron su salida, ambas revelan quién era, de verdad, Pedro Bonett:

Primero, porque jamás aceptó la lucha armada. Bonett creía en la transformación social, pero rechazaba de manera frontal la violencia política. Para él, la justicia no podía surgir de un fusil: debía construirse desde la ley, la argumentación y el carácter.

Segundo, porque no veía contradicción entre buscar igualdad social y reconocer las virtudes del capitalismo. Esa postura, inaceptable para la ortodoxia comunista, muestra la independencia de su pensamiento. Bonett defendía la economía de mercado como motor de desarrollo, pero aspiraba a un país más justo, más moderno, más decente.

Ese equilibrio, izquierda intelectual, formación marxista y convicción en los mercados, marcó el resto de su vida. Era alguien que había pensado su país desde las sombras y desde la luz, desde las ideologías y desde la práctica, desde la pobreza del Caribe y desde la responsabilidad empresarial. Ese equilibrio lo convirtió en un personaje único en el país.
Un marxista-leninista que terminó convirtiéndose en el estratega jurídico del industrial más poderoso de Colombia.
Un exdirigente comunista que forjó una amistad íntima con Julio Mario Santo Domingo, sostenida durante más de cuatro décadas sobre la base de la lealtad, la confianza y el afecto.
Un hombre capaz de moverse con solvencia entre empresarios, intelectuales, políticos, militares y artistas, sin perder jamás su coherencia personal. La crónica de Semana lo resume con una frase reservada para figuras verdaderamente excepcionales: “Lo querían en la izquierda, en la derecha, los empresarios y los militares.” Ese respeto transversal no provenía de su ideología, sino de su carácter. Bonett era coherente, inteligente, discreto, valiente y profundamente ético. Su visión política no fue un obstáculo para su ejercicio profesional; por el contrario, lo hizo más sensible a las injusticias societarias, más firme frente al abuso de poder y más lúcido para distinguir dónde residía la legitimidad y dónde no.

Quizá por eso, por esa combinación poco común de lucidez, sensibilidad y valentía Julio Mario Santo Domingo confiaba en él de manera absoluta. No solo como abogado. No solo como estratega.
Sino como amigo.

(Adaptado del libro Don Julio Mario, de Gerardo Reyes)

Durante cuatro décadas, Bonett fue la persona a la que Julio Mario llamaba cuando debía enfrentarse a situaciones complejas, delicadas y decisivas. Por eso Semana lo llama “el hombre de las misiones imposibles” de Julio Mario. Porque donde otros veían un callejón sin salida, Bonett veía la ruta. Donde otros dudaban, él avanzaba. Donde otros temían, él pensaba.

Y fue precisamente esa mezcla de pensamiento político, formación jurídica y carácter lo que lo convirtió en la persona indicada para enfrentar la injusticia que vivía la familia Santo Domingo en Bavaria.

LA ESTRATEGIA BONETT (1968–1971):

CÓMO SE MATERIALIZÓ EL CONTROL LEGÍTIMO DE BAVARIA

Cuando Pedro Bonett Locarno asumió la tarea de enfrentar la situación de Bavaria en 1968, el panorama jurídico era complejo y profundamente injusto. La familia Santo Domingo tenía, por capital y por derecho, la posición accionaria más importante dentro de la compañía. Sin embargo, el control efectivo estaba capturado por grupos que utilizaban mecanismos informales (especialmente los poderes de ventanilla) para construir mayorías tan artificiales como eficaces. Ese sistema no era ilegal en el sentido técnico de la palabra, pero sí era profundamente ilegítimo, porque distorsionaba la expresión auténtica de la voluntad de los accionistas y anulaba, en la práctica, el derecho natural del accionista mayoritario a participar en el gobierno corporativo de la empresa. El encargo que recibió Bonett era claro, pero monumental: encontrar un camino jurídico que depurara el sistema, desmontara las prácticas irregulares, y permitiera que las decisiones de la asamblea reflejaran la realidad accionaria de Bavaria.

1968: el primer choque frontal

La Asamblea de 1968 fue el punto de partida. El ambiente era tan tenso que el propio Presidente de la República, Carlos Lleras Restrepo, anunció públicamente que asistiría para impedir que los Santo Domingo “se apoderaran” de Bavaria, una afirmación tan potente como equivocada: la familia no pretendía apoderarse de nada, sino recuperar el control que ya tenían por derecho propio. Esa declaración presidencial dejó en evidencia el tamaño de los intereses en juego y la magnitud del desafío jurídico.

La asamblea de 1968 no produjo todavía el cambio definitivo, pero sí reveló algo crucial para la estrategia de Bonett: la estructura de poder dentro de Bavaria estaba sostenida sobre prácticas manipulables, vulnerables a una intervención jurídica sólida, sistemática y bien planificada.

1968–1971: la reconstrucción silenciosa

A partir de ese momento comenzó un trabajo meticuloso y profundo que duraría tres años. La estrategia de Bonett no fue agresiva ni teatral; fue quirúrgica. Lo primero fue depurar las representaciones irregulares: analizó el universo de poderes otorgados y detectó inconsistencias, abusos y facultades conferidas sin comprensión real por parte de sus otorgantes. Muchos de esos poderes, al examinarlos desde el derecho societario, no podían sostenerse. En paralelo, reconstruyó la voluntad real del accionariado. Bonett estableció contacto directo con accionistas, explicó sus derechos, revisó poderes, aclaró alcances y documentó de manera rigurosa la fuerza accionaria legítima de la familia Santo Domingo. Su objetivo era claro: que la asamblea reflejara la propiedad verdadera, no la voluntad manipulada de terceros.

Simultáneamente, neutralizó la opacidad interna que había permitido que unos pocos manipularan las decisiones colectivas. Entendió los mecanismos internos de administración de Bavaria, identificó los puntos donde se generaba la distorsión y desmontó —desde la ley y con precisión técnica— aquello que sostenía artificialmente el poder de los grupos enquistados.

A la par de ese trabajo, Bonett fortaleció la posición jurídica de los Santo Domingo. Preparó conceptos, rutas procesales y estrategias de votación que aseguraran que la voluntad accionaria real se expresara sin interferencias indebidas. Cada documento, cada cálculo y cada intervención buscaban garantizar que la asamblea dejara de ser un escenario de manipulación y se convirtiera nuevamente en el órgano legítimo de decisión.

Como resultado natural de ese proceso, se consolidó una mayoría auténtica, basada no en poderes de ventanilla ni en maniobras informales, sino en la propiedad accionaria y en la legalidad. Esa mayoría —la verdadera, la que había sido ocultada durante años— fue la que finalmente emergió con claridad.

El desenlace: la Asamblea de 1971

En 1971, tras tres años de trabajo paciente y técnicamente impecable, llegó el momento decisivo. La junta directiva de Bavaria, compuesta por cinco miembros, se reconfiguró completamente: tres de los cinco puestos fueron ocupados por representantes alineados con los Santo Domingo. Ese fue el punto definitivo: la familia recuperó, por vías estrictamente legales, el control que siempre le había pertenecido. No se trató de una “toma” ni de una conquista. Fue una restitución. Una reparación dentro del derecho societario colombiano. Un acto de justicia económica en un sistema que, por años, había permitido que la manipulación prevaleciera sobre la propiedad.

La firma invisible de Bonett

Nada de eso habría sido posible sin Bonett. Él no aparecía en las fotos de prensa, ni buscaba figurar, ni hablaba con periodistas. Pero cada paso, cada voto, cada argumento, cada depuración y cada movimiento estratégico respondía a su lectura jurídica, a su carácter, a su inteligencia práctica y a su capacidad para ver lo que otros no veían. Fue un trabajo silencioso, elegante, implacable. Un trabajo que cambió el rumbo empresarial de Colombia.

LA OBRA MAESTRA DEL DERECHO EMPRESARIAL COLOMBIANO Y EL LEGADO DE BONETT

La estrategia jurídica que permitió a la familia Santo Domingo recuperar el control de Bavaria no fue un episodio más en la historia empresarial de Colombia. Fue, en rigor, la operación de restitución societaria más importante de los últimos 100 años en el país. Todos los elementos que la rodearon, la magnitud de la empresa, la profundidad de la injusticia, la resistencia política al cambio, la complejidad jurídica de las prácticas irregulares y la precisión de la respuesta, la ubican en un lugar que ningún análisis serio del derecho corporativo debería ignorar. Bavaria no era una compañía cualquiera. Fue, durante décadas, el corazón industrial de Colombia, una empresa cuyas ramificaciones económicas tocaban desde el vidrio hasta el transporte, desde la agricultura hasta el comercio minorista, desde la publicidad hasta el mercado de capitales. Su tamaño, su influencia y su poder económico eran tales que su gobierno corporativo tenía un impacto directo sobre el desarrollo del país. Otorgar el control de Bavaria a quienes eran, por derecho, sus verdaderos dueños tuvo consecuencias históricas profundas. El Grupo Santo Domingo se consolidó como el conglomerado económico más importante de Colombia, liderando procesos de modernización industrial, expansión empresarial y transformación económica que marcaron de manera indeleble la segunda mitad del siglo XX. Ese ascenso, que cambió el mapa empresarial colombiano y cuyo legado llega hasta hoy, fue posible porque la ley prevaleció sobre la manipulación y la estrategia prevaleció sobre el abuso.En el centro de esa historia estuvo un hombre: Pedro Bonett Locarno.

Bonett era abogado, pero un abogado distinto: riguroso hasta la obsesión, discreto hasta el misterio, leal hasta la muerte. Fue el hombre al que Julio Mario Santo Domingo llamó una y otra vez durante cuarenta años cuando enfrentaba desafíos complejos, delicados o decisivos. Fue su consejero, su estratega, su confidente y su amigo. Fue también, como lo describe la revista Semana, “el hombre de las misiones imposibles” de Julio Mario, la persona que podía resolver lo que nadie más sabía cómo abordar, el profesional que podía entrar en un conflicto y encontrar la salida con una mezcla de técnica, carácter y sensibilidad política que difícilmente se repite. Sin embargo, su vida guardaba una paradoja fascinante: Bonett era un marxista-leninista convencido, expulsado del Partido Comunista por rechazar la lucha armada y por defender ideas pragmáticas sobre el capitalismo. Era alguien que había visto de cerca la desigualdad en su infancia en Ciénaga, que entendía el dolor social del país, que había leído a Marx y a Lenin con el mismo rigor con el que estudiaba derecho constitucional, y que sabía, como pocos, que los sistemas humanos son complejos y contradictorios.

Esa mezcla inesperada, ideología de izquierda, fe en el mercado, rechazo absoluto a la violencia, sensibilidad social y brillantez jurídica, lo volvió un personaje irrepetible. Por eso podía moverse con naturalidad en todos los mundos: en la izquierda política, en el mundo empresarial, en los círculos militares, y en las esferas culturales e intelectuales. Todos lo respetaban porque todos sabían que su brújula moral apuntaba siempre al mismo lugar: la justicia, la coherencia, la lealtad.

La operación que lideró entre 1968 y 1971 (hacer efectivo el control legítimo que le correspondía a la familia Santo Domingo por su posición accionaria) no solo corrigió una injusticia societaria. Definió el camino empresarial del país y mostró que, incluso en medio de estructuras de poder deformadas, la inteligencia, la técnica jurídica y el carácter pueden más que la manipulación, la improvisación o la fuerza política.

El legado de Pedro Bonett Locarno no está escrito en monumentos ni en manuales de derecho. Está en las decisiones que tomó en silencio, en el poder que reordenó desde la ley, en las vidas que transformó y en la amistad que mantuvo con Julio Mario Santo Domingo hasta el final.

Esa operación extraordinaria —que cambió el rumbo de la empresa más grande de Colombia— merece ser recordada como lo que fue: una obra maestra del derecho empresarial colombiano, diseñada y ejecutada por un hombre cuya inteligencia y carácter marcaron un antes y un después en la historia económica del país.

PEDRO JUAN BONETT

PEDRO DAVID BONETT

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