PUBLICACIONES

Pedro Bonett Locarno y la batalla legal por Bavaria S.A.

La historia poco conocida de cómo un abogado samario, estratega brillante y amigo íntimo de Julio Mario Santo Domingo, logró materializar el control que por derecho correspondía a los legítimos dueños de Bavaria S.A., enfrentando poderes políticos y estructuras societarias que nadie había logrado superar.

Por Bonett Locarno Pumarejo Abogados · 25 de julio de 2026 · 10 min de lectura
Pedro Bonett Locarno, Augusto López Valencia y Gabriel Jaime Arango (1990)

Foto: Pedro Bonett Locarno, Augusto López Valencia (presidente de Bavaria) y Gabriel Jaime Arango, 1990.

La historia empresarial colombiana registra pocos episodios tan determinantes y, a la vez, tan poco documentados como la recuperación del control de Bavaria S.A. por parte de la familia Santo Domingo, a finales de los años sesenta. Bavaria no era solo una compañía poderosa: durante décadas fue la empresa más grande del país. A pesar de ser el mayor accionista privado tras la fusión con Cervecería Águila en 1967, los Santo Domingo se encontraban en una posición paradójica: no podían ejercer el control que legítimamente les correspondía, a causa de prácticas irregulares —como los llamados poderes de ventanilla— que distorsionaban la voluntad real del accionariado. Fue en ese escenario donde apareció el abogado Pedro Bonett Locarno, quien diseñó y ejecutó la estrategia jurídica que restableció la legalidad societaria y le devolvió a la familia Santo Domingo el control efectivo de la compañía.

Aunque el Grupo Santo Domingo tenía una estructura corporativa formal —presidentes, vicepresidentes, juntas directivas—, el funcionamiento real era otro: en el organigrama efectivo, el que de verdad definía el rumbo del conglomerado, Bonett ocupaba un lugar superior a todos ellos. Ningún ejecutivo del Grupo tenía la cercanía, la confianza ni la ascendencia estratégica que él tenía ante Julio Mario Santo Domingo; más que un asesor externo, era el centro intelectual del Grupo.

Orígenes

Nació en Santa Marta, pero vivió su infancia y adolescencia en Ciénaga, Magdalena, región marcada por la presencia de la United Fruit Company; su padre, Pedro Bonett Camargo, trabajó para la compañía y dejó tal huella que la biblioteca municipal de Ciénaga lleva hoy su nombre. Ese entorno moldeó tempranamente su sensibilidad social. Viajó a Bogotá a estudiar Derecho en la Universidad Libre, donde se formó en derecho laboral, derecho constitucional y casación, y completó su preparación con un programa de alta gerencia en la Universidad de los Andes: una combinación excepcional de visión jurídica y empresarial para la época.

El encuentro con Cepeda Zamudio y los Santo Domingo

Poco después de graduarse conoció al escritor Álvaro Cepeda Zamudio, figura central del Grupo de Barranquilla —el círculo que reunía a Gabriel García Márquez, Alejandro Obregón, Alfonso Fuenmayor y Germán Vargas, entre otros—. La amistad entre ambos fue decisiva: Cepeda, amigo íntimo de Julio Mario Santo Domingo, lo presentó ante la familia, dando inicio a una relación profesional y personal que duraría más de cuatro décadas.

La crisis de control en Bavaria (1967–1968)

Cuando en 1967 se concretó la fusión entre Cervecería Águila —propiedad de los Santo Domingo— y Bavaria S.A., la familia no recibió dinero sino acciones de Bavaria, convirtiéndose de inmediato en su mayor accionista privado. En cualquier sistema societario moderno, esa posición debía traducirse en una influencia decisiva sobre la junta directiva. Pero Bavaria estaba dominada por grupos que utilizaban los poderes de ventanilla —documentos recolectados masivamente, muchas veces sin que los accionistas comprendieran su alcance— para votar grandes paquetes accionarios sin ser sus propietarios reales. El resultado era una injusticia societaria: la voluntad del mayor accionista quedaba anulada. La tensión llegó a tal punto que el propio presidente Carlos Lleras Restrepo anunció que asistiría personalmente a la Asamblea de 1968 para evitar que "los Santo Domingo se apoderaran de la empresa" —una afirmación políticamente poderosa, pero jurídicamente errónea: la familia no pretendía apoderarse de nada, sino ejercer un derecho del que ya era titular. En ese escenario, Bonett recibió el encargo de diseñar la estrategia jurídica que permitiera desmontar las prácticas irregulares y devolver a los Santo Domingo el control que les correspondía por derecho.

La paradoja política de Bonett

Antes de convertirse en el abogado de confianza de los Santo Domingo, Bonett había sido una figura de la izquierda colombiana: llegó a ser Secretario General del Partido Comunista Colombiano, con formación política sólida y convicciones profundas. Fue expulsado por dos razones que revelan quién era en realidad: nunca aceptó la lucha armada —creía que la justicia debía construirse desde la ley, no desde un fusil— y no veía contradicción entre la igualdad social y las virtudes de la economía de mercado, una postura inaceptable para la ortodoxia comunista de la época. Ese equilibrio —izquierda intelectual, formación marxista y convicción en los mercados— marcó el resto de su vida y lo convirtió en un personaje único en el país: un marxista-leninista que terminó siendo el estratega jurídico del industrial más poderoso de Colombia; un exdirigente comunista que forjó una amistad íntima con Julio Mario Santo Domingo, sostenida durante más de cuatro décadas sobre la lealtad, la confianza y el afecto; un hombre capaz de moverse con solvencia entre empresarios, intelectuales, políticos, militares y artistas, sin perder jamás su coherencia personal. La revista Semana lo resumió con una frase reservada para figuras excepcionales: "lo querían en la izquierda, en la derecha, los empresarios y los militares". Ese respeto transversal no provenía de su ideología sino de su carácter: coherente, discreto, valiente y profundamente ético —cualidades que, lejos de chocar con su ejercicio profesional, lo hicieron más sensible a las injusticias societarias y más lúcido para distinguir dónde residía la legitimidad. Quizá por eso, por esa combinación poco común de lucidez, sensibilidad y valentía, Julio Mario Santo Domingo confiaba en él de manera absoluta: no solo como abogado, no solo como estratega, sino como amigo. Durante cuatro décadas fue la persona a la que recurría frente a los asuntos más complejos y decisivos, lo que la prensa llamaría, con el tiempo, "el hombre de las misiones imposibles".

La estrategia Bonett (1968–1971)

1968: el primer choque. La Asamblea de 1968 fue el punto de partida; aunque no produjo aún el cambio definitivo, reveló algo crucial: la estructura de poder de Bavaria estaba sostenida sobre prácticas manipulables, vulnerables a una intervención jurídica sistemática.

1968–1971: la reconstrucción silenciosa. Durante tres años, Bonett adelantó un trabajo meticuloso y quirúrgico, nunca agresivo ni teatral. Primero depuró las representaciones irregulares: analizó el universo de poderes otorgados y detectó inconsistencias, abusos y facultades conferidas sin comprensión real por parte de sus otorgantes; muchos de esos poderes, examinados desde el derecho societario, no podían sostenerse. En paralelo, reconstruyó la voluntad real del accionariado: estableció contacto directo con los accionistas, explicó sus derechos, revisó poderes, aclaró alcances y documentó de manera rigurosa la fuerza accionaria legítima de la familia Santo Domingo, con el objetivo claro de que la asamblea reflejara la propiedad verdadera y no la voluntad manipulada de terceros. Simultáneamente, neutralizó la opacidad interna que había permitido que unos pocos manipularan las decisiones colectivas: entendió los mecanismos internos de administración de Bavaria, identificó los puntos donde se generaba la distorsión y los desmontó desde la ley, con precisión técnica. A la par, fortaleció la posición jurídica de los Santo Domingo con conceptos, rutas procesales y estrategias de votación que garantizaran que la voluntad accionaria real se expresara sin interferencias indebidas. El resultado fue una mayoría auténtica, basada en la propiedad accionaria y en la legalidad, no en poderes de ventanilla ni maniobras informales.

El desenlace: la Asamblea de 1971. Ese año, la junta directiva de Bavaria —de cinco miembros— se reconfiguró: tres de los cinco puestos quedaron en manos de representantes alineados con los Santo Domingo. La familia recuperó, por vías estrictamente legales, el control que siempre le había pertenecido. No fue una toma; fue una restitución.

La firma invisible. Bonett no aparecía en las fotos de prensa ni buscaba figurar. Pero cada paso, cada voto y cada argumento respondía a su lectura jurídica y a su capacidad de ver lo que otros no veían: un trabajo silencioso y elegante que cambió el rumbo empresarial de Colombia.

Bavaria no fue el único episodio que puso a prueba su capacidad estratégica: en mayo de 1970, en Bogotá, Bonett fue la mano detrás de la captura del futbolista inglés Bobby Moore por el célebre caso del brazalete. Esa historia será objeto de otro artículo.

La obra maestra del derecho empresarial colombiano y el legado de Bonett

La estrategia jurídica que permitió a la familia Santo Domingo recuperar el control de Bavaria no fue un episodio más en la historia empresarial de Colombia: fue, en rigor, la operación de restitución societaria más importante de los últimos 100 años en el país. La magnitud de la empresa, la profundidad de la injusticia, la resistencia política al cambio, la complejidad jurídica de las prácticas irregulares y la precisión de la respuesta la ubican en un lugar que ningún análisis serio del derecho corporativo debería ignorar. Bavaria no era una compañía cualquiera: fue, durante décadas, el corazón industrial de Colombia, una empresa cuyas ramificaciones económicas tocaban desde el vidrio hasta el transporte, desde la agricultura hasta el comercio minorista, desde la publicidad hasta el mercado de capitales, con un gobierno corporativo cuyo impacto se sentía en el desarrollo del país entero.

Otorgar el control de Bavaria a quienes eran, por derecho, sus verdaderos dueños tuvo consecuencias históricas profundas: el Grupo Santo Domingo se consolidó como el conglomerado económico más importante de Colombia, liderando procesos de modernización industrial, expansión empresarial y transformación económica que marcaron de manera indeleble la segunda mitad del siglo XX. En el centro de esa historia estuvo un hombre: Pedro Bonett Locarno. Era abogado, pero un abogado distinto: riguroso hasta la obsesión, discreto hasta el misterio, leal hasta la muerte. Fue el hombre al que Julio Mario Santo Domingo llamó una y otra vez durante cuarenta años cuando enfrentaba desafíos complejos, delicados o decisivos: su consejero, su estratega, su confidente y su amigo.

La operación que lideró entre 1968 y 1971 no solo corrigió una injusticia societaria. Definió el camino empresarial del país y mostró que, incluso en medio de estructuras de poder deformadas, la inteligencia, la técnica jurídica y el carácter pueden más que la manipulación, la improvisación o la fuerza política. El legado de Pedro Bonett Locarno no está escrito en monumentos ni en manuales de derecho: está en las decisiones que tomó en silencio, en el poder que reordenó desde la ley, en las vidas que transformó y en la amistad que mantuvo con Julio Mario Santo Domingo hasta el final. Esa operación extraordinaria —que cambió el rumbo de la empresa más grande de Colombia— merece ser recordada como lo que fue: una obra maestra del derecho empresarial colombiano, diseñada y ejecutada por un hombre cuya inteligencia y carácter marcaron un antes y un después en la historia económica del país.

(Adaptado del libro Don Julio Mario, de Gerardo Reyes, y de archivos de la revista Semana.)

¿Necesita apoyo en derecho empresarial, societario o estratégico?

En Bonett Locarno Pumarejo Abogados asesoramos y representamos a empresas, personas naturales, grupos familiares, inversionistas, altos ejecutivos y litigios de estructuras complejas.

Agendar una consulta